Las palabras que siguen podrán sonar a contradicción: me gusta tanto cocinar para mí, que me he impuesto desde hace unos meses comer fuera todos los jueves. Y lo estoy consiguiendo. Frecuento el bar del pueblo, al que en ocasiones voy en compañía o -la mayoría de veces- acudo solo. Un conocido me dice que comer solo es tristísimo, pero yo no estoy de acuerdo.

-El jueves -le contradigo- es el día que, entre plato y plato, me leo de cabo a rabo el periódico y me pongo selectivamente al día de lo que pasa en el mundo.

Hoy no ha sido menos. Pero primero he efectuado un reconocimiento por el comedor: falta un señor asiduo (espero que nada grave le haya acontecido) y allá veo a un matrimonio habitual y a su hija veinteañera. Más allá aún, otro hombre suelto aprovecha también para repasar la prensa. Entre el resto de mesas se ha repartido un buen número de transeúntes desconocidos -o poco vistos- con los que no hablo, como tampoco lo hago con los primeros.

Paso sobre las noticias políticas  y deportivas, sin casi detener mi mirada, y también observo que cada vez vienen más noticias del corazón -del corazón abotargado- que desecho. No me importa si se refieren a personajes regios o del populacho (con perdón). Avanzo y dos artículos llaman mi atención; empezaré comentando el segundo.

En la ciudad brasileña de Petrópolis han caído unas lluvias torrenciales que han ocasionado graves corrimientos de tierra, sepultando una parte de la ciudad y causando al menos un centenar de muertes. De no haberse dado lo trágico de la noticia, a mí Petrópolis me hubiera sonado a topónimo de una serie de animación de cuando era pequeño. Dice el periódico que la Petrópolis de ahora dista poco de Rio de Janeiro y que en sus tiempos fue la ciudad favorita de Pedro II, el último emperador de Brasil, que reinó entre 1831 y 1889. Actualmente es un centro de turismo de primer orden.

¿Algo ha cambiado en ese siglo y medio para que una tormenta arrase la ciudad? ¿O antes ya pasaban estas cosas allí? La noticia me aclara que no es la primera vez que esto sucede, como me temía: sin ir más lejos, en dos mil once hubo otra tormenta que mató a novecientas personas (¡novecientas!), y afirma el periodista que, pese al evidente riesgo, una importante parte de sus habitantes se niega a abandonarla. Yo quisiera saber por qué.

La primera noticia que he leído en el periódico -más en nuestra línea de primer mundo– decía que, pese al auge de las redes sociales, siempre es más productivo pedir un favor en persona que por watssapp. Otro día la valoraré: hoy tengo el cerebro lleno de la calamidad de Petrópolis.