En alguna otra entrada he mencionado lo diferentes que son las bibliotecas de ahora respecto a las de mi infancia. No me refiero solo a su tecnificación (ya no existen ficheros de búsqueda con infinidad de cajones donde se amontonaban las cartulinillas en las que rezaba el historial de préstamos de cada obra), sino a sus nuevas utilidades.

Las bibliotecas siguen siendo lugares de préstamo de libros, por supuesto, a los que se ha sumado una buena colección de películas y de música. También son un punto para leer la prensa en papel y lugares de estudio y de trabajo. Hay salas diferenciadas para niños, pupitres para consultar internet y mesas con enchufes para los portátiles.

Las bibiliotecas han mejorado en muchos aspectos. Recuerdo cuando eran básicamente templos del silencio en los que una bibliotecaria se imponía como primera obligación llamarte la atención cuando murmurabas algo con alguien de tu cuadrilla. Era una mujer que no dudaba en expulsarte si no te corregías al primer aviso, y si le hacías una consulta te respondía pausadamente, susurrándote para no estorbar a los lectores. No me la imaginaba hablando de otro modo, y me intrigaba saber cómo debía dirigirse a su marido y a sus hijos en su hogar.

Hoy en día las bibliotecas también son un lugar para escuchar música. No hablo de que brinden una posibilidad extra: hablo de la necesidad forzosa de aislarte entre tus auriculares para poder gozar de una lectura sin la interferencia de voces inoportunas. Echo en falta a aquella mujer que modulaba con mano de hierro el barullo, apenas apuntaba en sus dominios. Y no me estoy refiriendo únicamete a los usuarios de la dependencia. Hoy en día son los propios bibliotecarios -no todos- los que alzan la voz para tratar a su clientela como si estuvieran despachando en un bar.

Propongo que se haga un apartado para aquellos a quien nos agrada leer allí. Una especie de burbuja de cristal semejante a las salas de fumadores en los restaurantes de hace unos años o a las UCIs de los hospitales. Una reserva para bichos raros, donde se pueda leer sin tener que castigarte los oidos al mismo tiempo.