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No eran las seis de la mañana y hacía un frío de espanto cuando salí para ir al trabajo. Aún adormilado me puse a buscar mi coche donde más o menos solía dejarlo. Lo abrí, entré y metí la llave en el contacto, para comprobar que no giraba. Me desperté de golpe. Seguro que alguien había tratado de robármelo y me había roto el clausor, maldije. No fue hasta levantar la cabeza que me di cuenta de que, en realidad, me había equivocado de coche: éste que ahora usurpaba era del mismo color y modelo que el mío.

Mi enojo mutó en temor. Me veía dentro de un vehículo extraño y expuesto a que, si llegaba su dueño, me tomara por un ladrón y no me diera ni tiempo de justificarme, cargado de la misma ira que me había embargado a mí hacía unos segundos. Salí raudo, cerré, encontré mi coche y me apresuré a huir de allí.

Días después volví a ver al objeto de mi equívoco y a una pareja que se disponía a abordarlo. Sin pensármelo dos veces les referí lo sucedido. Me miraron sorprendidos y me explicaron que tiempo atrás les habían quitado cuanto llevaban dentro, y que seguramente la cerradura habría quedado resentida. Agradecieron mi aviso y ahí acabo mi aventura.

Pero se ve que hay muchas piedras para tropezar en ellas, y yo me las encuentro casi todas.

Otra tarde de también hace unos años se me ocurrió acercarme a recoger unos encargos. Mi cuñado me llevaba y estacionó en una larga doble fila, donde me esperó. Tardé solo unos minuto. Regresé, abrí la puerta, me subí y, solo cuando ya estaba en el asiento del acompañante, vi la cara de estupor y recelo del conductor. ¡Me había vuelto a equivocar de vehículo!

Imaginen mi azoramiento y cómo me disculpé en tanto descendía, sin que el pobre hombre atinara a decir nada. Imaginen también el regodeo de mi cuñado, que había observado al completo mi errada maniobra. No sucedió, pero si el auto hubiera arrancado llevándome, podría haber sido el sugerente inicio de un relato oscuro. El caso es que la situación se saldó con un cachondeo que duró kilómetros, mientras yo me preguntaba cómo es que estas cosas solo me pasan a mí.

Pues bien, hace unos días era yo el estacionado al volante de mi coche en unos grandes almacenes, tras unas compras. Revisaba mis llamadas cuando intuí a una mujer, de más o menos mi edad, que me rodeaba hasta la puerta del acompañante. Supe lo que iba a suceder y no me equivoqué: entró, se sentó e incluso fue a echar mano al cinturón de seguridad, y no me vio hasta que deje ir un hola acompañado de una sonrisa sincera.

Su azoramiento, las disculpas y el bajar precipitadamente fueron un dejà vu para mí. La vi buscar al vehículo que la había traído y volverse hacia el mío antes de subirse. No puede ver si su acompañante también se desternillaba, ni siquiera si se había percatado del error. Aún menos pude vislumbrar si ella pensó que yo podría haber arrancado antes de que se percatara del equívoco, raptándola; ni ella pudo ver mi expresión de felicidad durante kilómetros, al comprobar que no debo ser un bicho tan, tan, tan raro.

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