Ayer me decía mi amiga Teresa que cada estación tiene su celebración y que ahora toca quedar con los compañeros de faena y hacer la comida navideña, y luego juntarse con la familia y celebrar las fiestas. Que es época de gastar –aunque no se tenga-, de reír –aunque no se sienta-, y de comer –aunque no apetezca-; que es algo que tenemos metido en nuestro ADN y que es imposible rebelarse.

-Así que a ver cómo se lo monta ese bicho que flota en el aire para que podamos cumplir con nuestro cometido sin morir en el intento.

Por contra, hoy mi amigo Alejandro me confía que nunca le gustó la Navidad, ni siquiera de pequeño. Que no soportaba ver la casa repleta de unos allegados desconocidos por los que debía dejarse besar como si un calor espontaneo le brotara de la sangre, solo por el hecho de descubrir que esa persona era el padre-hermano-tío-sobrino-cuñado-primo o ves a saber qué de la familia. Alguien a quien ya no se reconocía del año pasado y a quien vagamente recordaría al siguiente.

Yo creo que Alejandro exagera, pero aun así prosigue. Me asegura que desde que enviudó ha estado acariciando año tras año la idea de desaparecer desde el veintitrés de diciembre hasta el siete de enero, y trasladarse a algún país de esos que teóricamente –por religión o cultura- no celebran las navidades. Y luego regresar, renovado. Por desgracia, el virus tampoco se lo va a poner fácil este año.

-A ver cómo explico que este año ni me muevo de casa ni le abro la puerta a nadie – dice, y veo que en esas cavilaciones anda ocupado estos días previos.

-¿Hay alguna festividad que te agrade? -siento curiosidad en saber.

Me contesta que primero le perdió el apego a la Semana Santa, luego al Carnaval y después a la Navidad. Y que Halloween es una neotradición en la que, por edad y convencimiento, no piensa entrar.

-Pero algo habrá que te agrade.

-Tal vez San Juan -reconoce-. Una fiesta pagana, breve y entre amigos, sacralizada solo en el nombre. Cuando hace buen tiempo, el día es largo y lo corto de la noche te anima a esperar el amanecer. Una fiesta de estar en la calle y hasta de darse un baño en el mar.

¿Has probado a celebrar la Navidad en el hemisferio sur?, se me ocurre proponerle, y lo dejo pensativo.

-Solo si me aseguras que no me seguirá ningún allegado –me concede, y se ríe por lo bajo.