-No es lo mismo reír con las gracias de alguien que reírle las gracias a alguien. De una risa a otra hay una buena distancia: la que existe entre el reconocimiento espontaneo y la sumisión obligada. Cuando alguien es gracioso, buscas su compañía con regocijo. Cuando no lo es, pero celebras su inexistente genialidad, lo haces o por interés o por obligación.

Estoy de acuerdo con lo que me dice mi amigo Alejandro y pego el oído para captar la aventura con la que me ha de deleitar hoy. Seguidamente me habla de un cuñado al que se veía obligado a adular por satisfacer a su esposa; o de un jefe que tuvo, a quien no sólo había que responder amén en sus desvaríos, sino que debía celebrarlos como genialidades.

-Pero ese tiempo pasó. Me jubilé y me libré de reírle las gracias al jefe. Y enviudé y me redimí del cuñado. Pero no es de ellos de quienes te vengo a hablar.

Ya lo supongo, pienso. Y mientras él cavila por dónde empezar, yo no dejo de reconocer que más de una y de dos veces -incluso de tres o cuatro- me he visto forzado a alguna que otra celebración hipócrita, por quedar bien o por obtener beneficio. ¿Pero quién está libre de culpa?, pienso.

-Hace poco –prosigue Alejandro- me ha retirado el saludo una mujer dada a dejar caer sentencias y gracias sin ton ni son. Es largo explicarte por qué me ha borrado de su lista, pero te lo resumiré diciendo que me permití corregir uno de sus desvaríos; todo y que de una forma suave, ya me conoces. El caso es que me ha liquidado de su círculo. No es que me importe mucho: a estas alturas, muy pocas cosas me afectan. Pero me ha dado que pensar.

Alejandro se toma otro respiro y yo trato de imaginar a quién se estará refiriendo. Pero no le conozco amistades más allá de los cuatro saludos que prodiga en nuestro lugar de encuentro.

-No quiero hablarte de la motivación del que ríe, cosa que daría para una infinidad de tratados, sino de quien te obliga a reírle las gracias y te arrincona si no lo haces. De camarillas se han documentado muchas en la historia, y también de líderes populistas que no sabían hacer la o con un canuto. Me encantaría conocer por qué mecanismo llegaron esos individuos a sentirse un pozo de sabiduría, a creerse el ombligo del mundo. ¿Qué sienten cuando te eliminan, despechados de que no les pelotees? Me pregunto hasta dónde serían capaces de llegar, si se vieran impunes.

Creo que también hay casos documentados al respecto. Tal vez debería ponerme a revisar a cuantos me borraron de su entorno y preparar un plan de autoprotección; pero -como dice Alejandro-, prefiero reírme, esta vez no de las gracias de nadie.