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Se acaba agosto y, aunque queda septiembre y parte de octubre, otra vez siento que se nos escapa el verano. Lo cual no es ninguna novedad: ocurre cada año, ya debería uno estar acostumbrado. Pero el final de este estío trae connotaciones que son nuevas: la sensación de haberlo desaprovechado o –para los que siempre ven el vaso medio lleno- de no haberlo aprovechado del todo. Ni más ni menos que como lo que antecedió del año.

De aquí a tres semanas será otoño, oficialmente. Deseo que no se nos arruine, como lo hizo la primavera. Miro cuanto celebrábamos antaño y nos hemos perdido hogaño (bonita palabra, por cierto): es como para ponerse a llorar, especialmente para los que ya hemos consumido una buena parte de la vida. Sin embargo, ciertos proyectos y esperanzas –unos propios y otros ajenos- hacen que un rescoldo se mantenga vivo. A ver si los necios no lo arruinan.