El desorden que dejas

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Carlos Montero Castiñeira es un escritor, guionista y productor español, autor de cuatro novelas. En dos mil dieciseis publicó El desorden que dejas. Cuatro años después adaptó el guión y dirigió la versión que fue llevada a la pequeña pantalla en formato de miniserie de ocho episodios. Estuvo protagonizada por Inma Cuesta, Bárbara Lennie, Arón Piper, Tamar Novas y Roberto Enríquez, entre otros.

A un pueblo llega una nueva maestra, a sustituir a la profesora de literatura que se suicidó recientemente. El pueblo es la residencia del marido de la nueva maestra y el ex-esposo de la anterior también enseña en el mismo centro. Pronto se inician los problemas con los alumnos, mientras la nueva docente trata de averiguar qué ocurrió en realidad con la anterior. Poco a poco, ambas mujeres se van idetificando hasta estar a punto de correr el mismo final.

El desorden que dejas plantea dos historias en paralelo: la que vive la profesiora sustituta en el presente y la que vivió la maestra fallecida. De este modo se va desgranando la historia, despertando y concluyendo sospechas de una forma magistral. Lástima que el móvil de la trama -que involucra a uno de los alumnos y a su padre- se resuelva en dos insuficientes pinceladas. Aún así, es una serie muy digna de ver.

The Children Act

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Ian McEvan es un escritor británico, autor de dieciséis novelas de las cuales se han adaptado nueve. En dos mil catorce publicó The Children Act, aparecida en castellano bajo el título de La ley del menor. Richard Eyre dirigió la película homónina en dos mil diecisiete, que en español se estrenó como El veredicto: la ley del menor. El propio McEwan adaptó el guion. Estuvo protagonizada por Emma Thompson, Stanley Tucci y Fionn Whitehead en sus papeles principales.

Una jueza debe resolver caso complicados al tiempo que su matrimonio se va al garete. Al juzgado llega el requerimiento de un hospital para que fuerce a un testigo de Jehová a recibir una transfusión sin la cual no sobrevirirá. El paciente es un menor de edad, sus padres se oponen a la intervención y la jueza decide entrevistarse con el chico. Su veredicto traerá consecuencias para la jueza que irán más allá de lo profesional.

Leí La ley del menor recientemente y después vi la película. El personaje de la magistrada, así como sus tribulaciones laborales y personales, quedan magníficamente reflejadas en la novela. Emma Thompson ha sido, para mi gusto, la actriz perfecta para dar vida al personaje.

Quizás ni la novela ni la película sean negras en un estricto sentido, pero son de una factura magistral. Dignas de leer y de ver.

Sin tiempo para morir.

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Ian Fleming escribió -entre mil novecientos cincuenta y tres y mil novecientos sesenta y seis- catorce novelas protagonizadas por James Bond: el espia británico 007 con licencia para matar. El agente 007 contra el doctor No fue la primera película derivada de la saga de novelas y se estrenó en mil novecientos sesenta y dos. Les siguieron otros veinticuatro films en los que el espia fue interpretado por un total de seis actores diferentes, cada uno con un marcado estilo particular.

Desde dos mil seis hasta dos mil veintiuno, Daniel Craig ha dado vida al último Bon. La serie Craig se inició con Casino Royale y concluye (presumiblemente) con el título que hoy traigo. Fue dirigido por Cary Fukunaga y se estrenó en dos mil veintiuno. Además de Daniel Craig, intervinieron en sus papeles pricipales Lea Seidoux, Rami Malek y Ralph Fiennes.

James Bond se ha jubilado en la Antillas y su número -el 007- se ha asignado a una nueva agente del servicio británico. Un científico desaparece al ser atacado el laboratorio donde se desarrollan armas químicas y la CIA pide a Bond que colabore con en su búsqueda. Por el camino, se reencuentra con una de sus parejas y el hijo común que ambos tienen.

La serie Craig de Bond es, para mi gusto, la más creible de toda la saga. Bond se humaniza aquí al extremo, despojado del glamour sublime de sus antecesores. Y acaba muriendo. De aquí nacen al menos tres posibilidades: que el Bond de los films ha concluido, cosa que estimo poco probable; que al 007 masculino lo suceda una mujer; o que el personaje sea milagrosamente revivido.

Al tiempo.

Código emperador

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Jorge Guerricaechevarría es un guionista español, autor de historias como El día de la bestia, La comunidad, Los crímenes de Óxford, Celda 211 y Cien años de perdón, entre otras. El dos mil veintidós se ha estrenado la película que hoy nos ocupa, dirigida por Jorge Coira e interpretada por Luís Tosar y Miguel Rellán, entre otros.

Un agente de los servicios secretos españoles lleva varios casos de forma simultanea: ha de investigar a una pareja de traficantes de armas, y para ello seduce a la criada de la mansión, al tiempo que consiente -para lograr sus fines- que se devuelva a unos traficantes cincuenta kilos de heroína que les fueron confiscados; tiende una trampa a un político bienintencionado y con proyección de futuro, coaccionándolo para que sea dócil cuando arribe a los altos puestos de la administración; «rescata» a un juez que ha sido detenido en sudamérica, acusado de asesinato, a fin de que desde la judicatura sirva a los interesas de los servicios secretos.

Código emperador habla del poder y es una historia de las cloacas del Estado, con la particularidad de que los servicios sercretos trabajan para sí mismos, no para el interés general ni en beneficio de los políticos. Probablemente no sea la mejor película de Tosar, pero no hay que perderse un solo detalle de lo que en ella se narra, por si su contenido tuviera mucho de verdad.

A pesar del final feliz, es una película digna de ver.

Van der Valk

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Nicholas Freeling era el seudónimo de un novelista, autor de la serie de diez novelas protagonizadas por el policía Van der Valk entre mil novecientos sesenta y uno y mil novecientos setenta y dos. En el sesenta y ocho y en el setenta y tres se estrenaron dos films con este personaje de ficción.

En el setenta y dos ya se había estrenado la serie británica Van der Valk, que tuvo sucesivas temporadas, hasta mil novecientos noventa y dos. Fue interpretada por Barry Foster y por Michael Latimer, en sus papeles principales. La acción se desarrollaba en Amsterdam, al igual que la nueva Van der Valk de este siglo.

La serie de dos mil veinte fue protagonizada por Marc Warren y Maimie McCoy. Consta de dos temporadas, cada una de ellas con tres capítulos. Van Der Valk es un particular comisario de la policía: vice en un barco, ha establecido su cuartel general en un bar -que alterna con la comisaría- y es un tipo poco empático (a mí me recordó, nada más ver el primer capítulo, al protagonista de La naranja mecánica). Aún así resuelve sus casos, ayudado por sus colaboradores.

Una serie con capítulos enrevesados y finales con truco. Muy digna de ver.

Ripley’s Game

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Paricia Higsmith publicó Ripley’s Game en mil novecientos setenta y cuatro. Tres años después se estrenó al film alemán Der amerikanische Freund, dirigida por Wim Wenders e interpretada por Dennis Hooper en le el papel de Ripley.

En dos mil dos, Liliana Cavani dirigió la adaptación que hoy nos ocupa. En castellano se estrenó como El juego de Ripley y El amigo americano. A Ripley lo interpretó John Malkovich, e intervinieron Hanns Zischler, Dougray Scott y Rai Winstone, entre otros.

Ripley es un asesino a sueldo jubilado que se dedica al tráfico de obras de arte. Un antiguo cliente le pide que cometa un asesinato y Ripley opta por encargárselo, a su vez, a un vecino de su mismo pueblo, que padece leucemia y está angustiado por no poder dejar a su familia en una buena posición. Detrás de este asesinato vendrá otro, también por encargo, que desencadenará una búsqueda implacable de los asesinos.

Malcovich da vida un Ripley veterano, un auténtico psicópata sin sentimientos. Su papel es lo más logrado de la película, aparte de la escena del asesinato en el tren. Una película digna de ver.

Deep water

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Patricia Higsmith publicó Deep water en mil novecientos cincuenta y siete. En el ochenta y uno se estrenó la versión francesa Eaux profondes de Mihel Deville, protagonizada por Isabelle Huppert y Jean -Lous Trintignant. Adrian Lyne dirigió la adaptación norteamericana de dos mil veintidós, interpretada por Ben Affleck, Ana de Armasy Tracy Lets, entre otros. En España se estrenó como Aguas profundas.

Un matrimonio hace gala de una relación abierta, pero nada puede estar más alejado de la realidad: el esposo mata a los amantes de su mujer. Una persona de su grupo decide que ha llegado el momento de desenmascararlo, y empieza una batalla por evitar ir a la cárcel.

A la última versión de la novela de Higsmith se le critica que se aparta del final que la autora dio a su relato; cosa nada extraordinaria, por otro lado, ya que ocurre en innumerables films: por ejemplo, en A pleno sol, que adaptaba El talento de Mr. Ripley. No por eso dejan de ser adaptaciones -tanto la una como la otra- con vida propia, ambas muy dignas de ver.

Tabula rasa

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Tabula rasa es una serie belga de dos mil diecisiete creada por Veerle Baetens, que también es coautora del guion. Consta de nueve episodios y está protagonizada por la propia Veerle Baetens, además de por Stijn Van Opstal, Jeroen Perceval, Gen Verboets y Natali Broods, entre otros.

Una mujer se encuentra recluida en un psiquiátrico. Anteriormente fue víctima de un fatal accidente de tráfico y el hombre que lo provocó ha desaparecido. La mujer es sospechosa de su desaparición, pero desde hace años padece severas lagunas amnésicas, que ahora se le han recrudecido tanto que de un día a otro olvida hechos y personas. Para paliarlo escribe un cuaderno de recuerdos. Para su desgracia, el policía que investiga la desaparición es el padre del desaparecido.

Tábula rasa es un thriller psicológico que va y viene en el tiempo: del momento en que la mujer ha sido ingresada en el psiquiátrico hasta los tres meses anteriores, y al tiempo en que sufrió el accidente. Capítulo a capítulo, añadiendo detalles a la trama, se consigue que el espectador quede enganchado.

Es una buen serie negra, muy digna de ver.

Scarlet street

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Georges de La Fouchardière fue un periodista y escritor francés. Entre sus obras literarias se encuentra La chienne, publicada en mil novecientos treinta. Jean Renoir la llevó al cine al año siguiente. En mil novecientos cuarenta y cinco se estrenó la versión norteamericana, dirigida por Fritz Lang. Apareció con el título Scarlet Street y en castellano se la conoció como Perversidad. La protagonizaron Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea, en sus papeles principales.

Un cajero de banco -pintor aficionado que nunca ha vendido un cuadro, con una esposa que le desprecia- conoce a una muchacha de la que se enamora platónicamente. Ella tiene un amante buscavidas, y entre ambos idean sacar el mayor provecho posible del pobre hombre. La situación se precipita cuando venden uno de sus cuadros, a sus espaldas, y la galería de arte diagnostica la pintura como excepcional. La mujer se hará pasar por la autora, vendiendo más obras.

Edward G. Robinson hace un papel apartado del de ganster -al que mayoritariamente nos tiene acostumbrados-, si bien no es la única vez que le vemos alejado de él. Aquí interpreta a un tipo pusilánime y confundido, que se vengará de su esposa y de los que le han perjudicado -sobre todo moralmente- y que acabará mal.

Una película negra, algo distanciada de los clichés del género. Muy digna de ver.

Amores de barra.

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(Publicado por Calibre38, IX Concurso Internacional de Relato Bruma Negra, 2021).

El abogado Santiago Morilla está entre mis clientes desde que me estrené como detective, y aquella mañana me rogó que me viera con Sonia Escudero.  

–Sé que ya no llevas casos como éste –reconoció–, pero soy muy amigo de su familia.  

Hay compromisos ineludibles, así que me avine a atenderla. Morilla me adelantó que Sonia era corredora de bolsa y también dueña de un bar de copas en Indautxu, montado a medias con su acaudalado padre. Lo dirigía su marido Enrique, y ella solo se acercaba por allí a pasar cuentas. El bar era una concesión del padre para tener distraído a un yerno cincuentón, perezoso y ya ajado, del que ella se había encaprichado hacía demasiados años. Ahora lo mantenían asalariado, para justificar que hacía algo de provecho en la vida. 

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